“Aunque perdí mi ojo, no me importó seguir peleando”

“Aunque perdí mi ojo, no me importó seguir peleando”

2 de Julio del 2016

José Joaquín Navarro Olarte no pudo soportar los golpes interminables de 16 hombres en una batalla campal del año 1980. En un salón ubicado en la Avenida Caracas, la gente gritaba mientras estos personajes se rompían hasta lo que no tenían. Su cuerpo amedrentado aún no estaba preparado para lo peor.

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Joaquín o como era conocido en el mundo de la lucha libre: ‘Siniestro’, intentaba ponerse de pie, pero no tenía conciencia de su posición en el ring, “intenté defenderme, pero eran muchos”. En ese instante, su confusión fue impactada por una poderosa patada del luchador puertorriqueño Sandilo. Su cabeza chocó contra la lona porque algo no estaba bien, el mareo se apoderó de él, sentía que su ojo derecho podría estar afectado y, no se equivocaría.

“El momento fue tenso, indescriptible, pero no me importó seguir peleando”. Era evidente que la adrenalina no le permitía medir la gravedad del golpe. De hecho, fue mucho después cuando se dio cuenta de que ese día no solo había perdido la lucha, sino también una parte de su cuerpo.

La terquedad por la lucha libre lo alejaron de las opiniones médicas. “En el proceso me colocaron un ojo de vidrio, pero en ningún momento el doctor me dijo que tenía que dejar de pelear”. ‘Siniestro’ sabía que esta decisión le iba costar, pero su pasión desbordada era mucho más grande que cualquier dolor. Cuando finalmente su ojo se perdió, solamente dijo: “El amor sí duele”.

Cualquiera podría pensar que este momento fue el más triste de su carrera, pero no. Algunos años después, cuando lucía su mascara con gran portento, Rayo de Plata, para muchos uno de los tres luchadores más importantes de la historia en Colombia, le arrebató algo que para Joaquín simbolizaba su orgullo.

“No sabía qué hacer cuando la máscara ya no estaba en la cara. Sentí que mi alma salía del cuerpo”, confesó ‘Siniestro’, mientras su bastón sostenido por la mano izquierda se tambaleaba producto del desespero que le provoca recordar esta derrota histórica. Él dice que nunca fue un hombre llorón, pero en ese instante sus ojos ardían y las lagrimas comenzaban a salir.

Ya con la cara descubierta intentó probar cortes de pelo como el afro para renacer. Sin embargo, nunca pudo superar esta pérdida. “No fui el mismo, algunas cosas en la vida llevan tiempo para superarlas, en mí caso nunca sucedió”.

Siniestro-02

Joaquín Navarro desde ese día ya no tenía problema con decir su nombre. Entendió que su vida lo ataba a la lucha libre. Asimismo, no podía vivir solo de su amor por el deporte porque nadie subsiste solo con buenas intenciones.

A pesar de su estatura cercana a los 1.70 metros, se desempeñaba como escolta del recordado empresario Germán Tobón, presidente de Radio Capital.

“Trabajé con don Germán Tobón por siete años y medio, era un gran hombre. Me dolió cuando fue asesinado porque él siempre me apoyó con esto de la lucha libre. Pocos sabían que don Germán era amante de este deporte”. Las pérdidas para Joaquín no paraban. “Conocí a Rayo de Plata por don Germán. Primero fue la máscara, luego la muerte de mi jefe”.

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Los años no pasan solos cuando los golpes de la vida y las lesiones se hacen cada vez más fuertes. Hoy a sus 72 años, siente las “secuelas de guerra” porque su cadera, casi destrozada, debe apoyarse en su bastón que ahora lo acompaña siempre en su mano izquierda.

¿Qué pasó con su cadera?

“Pensaba retirarme en el año 2003 y así fue. Mi cuerpo estaba cansado, dolido y me pedía descanso. Dije mi última lucha y listo. Pero lamentablemente de nuevo sucedió algo inesperado, un golpe con una silla de circo, las que se usan normalmente en lucha, me partió la cadera en dos partes”.

Era inevitable el adiós, las múltiples lesiones ya podían acabar con su vida, la preocupación de su esposa Magaly y sus seis hijos influyó en este héroe del ring.

Su terquedad, algo que ve como una cualidad, lo llevó a ser comentarista de los eventos de lucha libre en Bogotá de la empresa SAW, que se realizan los sábados en la noche en el Barrio San Fernando.

Su esposa Magaly le pide que se cuide porque ya no es un joven. Sin embargo, Joaquín sigue cogiendo su Transmilenio, como muchos bogotanos, para llegar a la congestionada estación de la Calle 72 con NQS y así apoyar a los nuevos talentos. Ninguno de sus hijos quiso estar en el mundo de la lucha ya que ver a su padre sufrir tantos golpes los alejó de esta disciplina.

“Magaly dice que perdona mi pasión por la lucha libre. Ella sabe que amo más esta vaina que a mí propia vida”.