Aurora Casierra Coime

Aurora Casierra Coime

31 de Enero del 2017

 
“Cuando salí de mi casa, salí con la mente en bajo
yo tenía el presentimiento que venía a pasar trabajo
Soy una mujer valiente pasadora de trabajo”.

Fragmento de un alabao anónimo cantado por mujeres desplazadas.

Cuando Aurora Casierra canta este alabao es inevitable que quien la escucha se estremezca. Su voz retumba con fuerza en el aire y cada vibración se siente en lo más profundo del cuerpo. Es imposible escuchar con admiración, silencio ceremonial, profundo respeto y lágrimas en los ojos las notas de este ritmo tradicional del Pacífico, de aquel Tumaco que dejó hace muchos años por culpa del conflicto armado colombiano.

“¡Qué bello era Tumaco. Qué bonito era Vuelta de Gallo, Río Patía, una pequeña vereda en la que la vida era sencilla y sin preocupaciones!”. Basta tan solo recordárselo para que Aurora abra los ojos y muestre su inmensa sonrisa mientras la acompaña con un gran suspiro. Un lugar lleno de colores, sabores y tranquilidad, donde la vida era más simple, dice ella; totalmente diferente al que es su nuevo hogar, una humilde casa en el barrio Arborizadora Alta, en Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá.

Trabaja como empleada doméstica, porque de algo tiene que vivir. Pero si ella pudiera, pasaría día y noche cantando, bailando, tejiendo y enseñando todos los saberes ancestrales de su cultura, una labor que realiza al menos dos veces por semana con niños de El Oasis, un barrio en Soacha, un municipio ubicado al sur de Bogotá, al que suelen llegar cientos y cientos de afrodescendientes desplazados de diferentes zonas del Pacífico colombiano, huyendo de la sangrienta guerra que por mucho tiempo interrumpió el ritmo de los tambores con el tronar de los fusiles.

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La música corre por su sangre y su corazón late con emoción al escuchar la marimba, el cununo, el bombo y el guasá desatar su algarabía, la misma que aprendió desde niña de su mamá, cantaora, y su papá, y experto percusionista.

En Vuelta de Gallo todo era más sencillo. A pesar de no tener dinero no había que pagar por muchas cosas porque si el vecino tenía pescado y otro tenía coco, simplemente lo intercambiaban. Aurora recuerda que vivía rodeada de árboles, cultivos, ríos y el inmenso mar.

“¡Cómo extraño la vida allá. Todo es muy diferente, allá había más confianza. Por ejemplo, yo tenía dos mamás, porque cuando una mujer se tiene que ir, deja al bebé con una vecina, que si también está en lactancia, le da pecho. Todos son tíos, o primos. Pero nada de eso se vé en Bogotá”.

Pero lo que Aurora más extraña es la comida. El sabor del pescado de su tierra, frutas exóticas como el caimito o la ciruela, especias como la palmicha o el achiote “que no es el mismo al que se consigue acá, que es insípido y procesado”. Sobre todo, le hace falta la carne serrana, una preparación que solo se hace en Tumaco. Consiste en unos trozos de cerdo que se deja madurar entre hierbas y sal, y se pone bajo tierra entre un balde durante meses. Al hablar de esa carne serrana su rostro se transforma y parece que saboreara aquel exquisito plato autóctono que ya no tiene cerca.

Todo esto cambió de un momento a otro; un día, sin previo aviso, llegó a su casa y vio un papel colgado en puerta. El mensaje era claro: o se iba con sus hijos o los mataban. No había tiempo de preguntas, ni para corroborar lo escrito. Se sabía acerca de la presencia de un grupo armado en la zona que en ocasiones era identificado como miembros de las Farc, del ELN o de las autodefensas. De cualquier forma, personas de veredas cercanas salieron desplazadas, y otras, las que se quedaron, fueron asesinadas brutalmente.

Aurora no correría ese riesgo. Ya sabía qué era ser desplazada, porque años antes le tocó una experiencia similar. Tomó lancha hasta Tumaco y de ahí, atravesó gran parte del país hasta Soacha, a El Oasis, donde de a poco, ella y sus hijos rehicieron su vida en medio del frío, el cemento y las montañas, lejos del calor, la selva y el mar. El brillo de sus grandes y expresivos ojos nunca se apagó, sus manos nunca dejaron de trabajar, su sonrisa no desapareció y su voz no dejó de entonar cantos.

“Me tocó venir de allá por cosas de violencia. Aunque uno no debe darle gracias a la guerra, si no fuera por ella, ustedes no me hubieran conocido. Estoy aquí desplazada, y eso es duro, pero toca resignarse porque ya no se puede hacer nada”.

“Yo me vine de Tumaco buscando oportunidad
Llegamo´ a Ciudad Bolívar, tu gente nos apoyó.
Aquí donde estoy parada me doy a reconocer
Yo no canto pa´la gente sino para San José
Yo no juzgo por la piel ni por la forma de hablar
no juzguen sin conocernos, no nos juzguen por juzgar”.

 Fragmento de ‘Yo vine de Tumaco’, autora: Aurora Casierra

Así como la de Aurora, hay cientos de historias de familias que llegan a la capital del país en busca de refugio. Por eso no le fue difícil encontrarse con otra mujeres afrodescendientes que llegaron del Chocó, el Valle y otras partes del Pacífico.

Juntas decidieron reunirse para no dejar de lado aquellas tradiciones ancestrales con las que crecieron. Cantando, tocando, componiendo, bailando y tejiendo. Más que todo eso, por dentro todas sabían que era una forma de superar el dolor, de acabar con el sufrimiento que causó la violencia.

“Ahí comencé a cantar, porque antes lo hacía de vez en cuando pero nunca me había conocido como cantaora. Ni siquiera sé si canto bonito o no, pero si la gente me escucha en las presentaciones debe ser porque no lo hago mal”.

De ahí empezó a cantar y escribir arrullos y alabaos, unos cánticos ceremoniales que no son acompañados de instrumentos por ser de gran solemnidad. Los primeros son festivos y con tintes religiosos. Los segundos, en cambio, son parte de ritos funerarios, que solo se entonan cuando hay luto. En ellos cuenta su historia y la de muchas mujeres que desahogan así el profundo dolor que cargan por la guerra.

Sin embargo no los entona siempre: “Los alabaos son muy complicado cantarlos, porque para hacerlo uno tiene que pedir permiso a los ancestros. Nosotros tenemos un agüero que si uno canta un alabao y no pide permiso, se muere alguien conocido”.

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A pesar de esto, la alegría y el sabor del Pacífico sigue haciéndola vibrar. Junto a Echembelé, un grupo musical al que ella y otras 10 mujeres desplazadas pertenecen, aprovecha cualquier oportunidad para presentarse en todo tipo de eventos, a ritmo de currulao y bunde. Con ellas teje colchas de retazos y collares, habla y comparte saberes ancestrales de su región. Ese es su proyecto, es lo que quiere alcanzar: poder sostener a sus dos hijos y tres nietas, viviendo de lo que sabe.

Pero no es esto lo que más le interesa, ni es en lo que más tiempo invierte. Cada sábado sale de su casa en Ciudad Bolívar rumbo a Soacha. Muy juiciosamente llegá a El Oasis en donde niños de su tierra se acercan con emoción a saludarla con grandes sonrisas. Es el único momento en toda la semana en que escapan de las condiciones de pobreza y exclusión en las que hoy viven, y con cununo, bombo, marimba, guasá y demás instrumentos de percusión, aprenden de la cultura de sus ancestros.

Dice Aurora que esta es la labor que la llena de emoción y que le da fuerza para seguir adelante. Entusiasmada, rebusca generar alianzas con fundaciones y universidades para los niños, porque está convencida que con educación estos pequeños pueden salir adelante.

“Lo que más les enseño a ellos es el tema de la música, que es lo que más sé, los cantos, los arrullos, los alabaos y las rondas. Pero también les enseño de las cosas que he aprendido en la vida. Por ejemplo si los papás necesitan un  cupo en el colegio, o cómo hacer para que los chicos puedan entrar en la universidad”.

De esta forma ha logrado que estudiantes y fundaciones lleguen al barrio y también le enseñen a los niños a bailar, cantar, pintar, temas de derechos humanos, o cómo defenderse de casos de abuso sexual y otros temas delicados como la delincuencia.

“Siempre trabajamos con las uñas. Hoy seguimos trabajando con las uñas, pero no hemos dejado caer el proyecto ni el proceso con los chicos, porque lo importante es que mantengan la mente ocupada, y no se pongan a hacer cosas malas, porque estos días allá está un poco pesado”.

Aurora cierra esta entrevista haciendo lo que más le alegra la vida: cantar; mientras entona las palabras del alabao, en las que habla de Tumaco, cierra los ojos y con una triste sonrisa recuerda los años que corría a orillas del mar, libre y feliz. Inmensamente feliz.