Bangkok (Tailandia) está de luto

Bangkok (Tailandia) está de luto

25 de enero del 2017

Desde hace varios años, Tailandia era uno de mis destinos turísticos favoritos.  Las fotos de las playas más bellas del mundo apuntaban generalmente en esa dirección. Sin embargo, la lejanía y la divergencia cultural me generaban un cierto recelo. Siempre he escuchado que los tailandeses tienen un carácter “fregado”; su cultura es aparentadora y su dignidad no se basa solo en quienes son sino en cómo son vistos.

A finales de abril del año pasado, decidí explorar Bangkok, e hice unos arreglos para pasar fin de año en Pattaya, una ciudad playera, tipo Rodadero, ubicada frente al golfo de Tailandia.  En esta publicación voy a hablar de Bangkok porque quiero reservar una publicación para Pattaya y sus innumerables actividades.

Buscando mi tiquete, encontré que viajar por Qatar Airways, y darle la Vuelta al mundo un 24 de diciembre era la forma más económica de ir al otro lado del globo.  Mi vuelo salió alrededor de las ocho de la noche del Aeropuerto Internacional Washington Dulles, hacía una escala de pocas horas en Doha, Qatar, y aterrizaba en Bangkok a eso de las nueve de la mañana del 26 de diciembre.  Para ese momento, había perdido doce horas que iba a recuperar al regresar a USA.

El tránsito en el aeropuerto de Doha fue extraordinario; la organización, la tecnología, la atención de los empleados y la seguridad son distintivos de esa parte del mundo árabe. Filas inmensas fueron desalojadas en un parpadear.  Los restaurantes, cada uno más atractivo que el otro. Los precios, sin embargo, elevadísimos.

Antes de llegar a Tailandia, había leído mucho sobre la cultura, política y el sistema jurídico de ese país. -Las diferencias culturales pueden variar mucho de un país al otro, y yo muy temerosa decidí hacer bien la tarea para no salir arrestada. Ningún colombiano se va al Norte de Corea a llevarse un afiche político del cuarto de hotel pensando ser juzgado y recluido en una cárcel por dos décadas en esa parte del continente asiático.  Mucho menos grave nos parecería llevarnos una botella de vino en la maleta haciendo tránsito en Riad, Arabia Saudita.  Porque los colombianos convivimos en una cultura diferente y nos caracterizamos por ser tan relajados que no le vemos inconvenientes a prácticamente nada en ningún lugar.  Sin embargo, como uno escucha tantas cosas en las noticias y lee tantas historias en línea, me precipité a entender las normas comunes de conducta y las prohibiciones más habituales de ese país localizado al sudeste de Asia.

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En Tailandia no hay democracia.  No es que esté expresando implícitamente que en Colombia somos los más democráticos de todos, pero al menos aún se nos reserva el derecho de expresar libremente nuestras opiniones sobre este gobierno tan desmesurado y oportunista; claro, salvo ciertas excepciones, como los perseguidos políticos aludidos rutinariamente en las redes sociales.  De cualquier modo, cerrando mi paréntesis y volviendo a las leyes tailandesas, en Tailandia la ley lèse-majesté es conocida popularmente y ciertamente respetada. El código penal conserva desde hace más de 100 años esta norma jurídica; es una prohibición a mencionar, referirse, amenazar, insultar o difamar al rey, reina y/o sus herederos.  Peor aún, casi inmediatamente antes de mi viaje, leí en el New York Times un artículo de finales del 2015 sobre un hombre tailandés condenado a 37 años de prisión por insultar al perro del rey.

Llegué a Bangkok a admirar su inmensidad y su congestionada populación. El tráfico superaba los intolerantes trancones de Bogotá, donde al menos la gente entiende que si la señal indica una sola vía, es una sola vía.  En Bangkok no es así; lo presencié.  Cada quien maneja como quiere y por donde quiere.  Si un carro va en contravía, lo mejor es darle el espacio, porque el resultado es disputable. Por otro lado, las vallas publicitarias son del tamaño de tres camas talla King; pantallas tipo Time Square se localizan por toda la ciudad y se ve el progreso citadino en las pomposas construcciones de los centros comerciales. Las marcas más lujosas como Dior, Canali, Hermes, Valentino, Versace, Cartier y Bvulgari, entre muchas otras, se reúnen en un centro comercial llamado Siam Paragon, pero no el único.  En resumen, el contraste entre el salario mínimo y las tiendas lujosas son parte de las tonalidades de Bangkok.

Entendí también por qué mis conocidos me recomendaron comer comida de la calle.  Los tailandeses generalmente no tienen cocinas en sus casas, por lo que sus desayunos, almuerzos y cenas son literalmente en la calle.  La comida es demasiado barata y deliciosa, y la variedad abrumante.  A pesar de que los chuzos de pollo y cerdo se orean todo el día con el sol, el tráfico de la demanda es constante y, por ende, la venta de pollo también.  El Pad thai lo conseguí por menos de un dólar.  Las frutas como el lychee, fruta del dragón, longan, mangostán, manzana de agua y rambután se conseguían más barato que a precio de huevo.  De hecho, en mis últimos tres días en Tailandia me alimenté de solo frutas porque ya me sentía enferma de comer en la calle.

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Pero Bangkok también es diversión y cultura.  Es una ciudad llena de luces y de noche es muy romántica.  Los templos son el detalle más lindo para resaltar; manejando aproximadamente una hora en dirección norte, se encuentra la antigua ciudad de Ayutthaya fundada en 1350, de la que ya no quedan más que edificaciones en ruinas de monasterios budistas y templos. Uno muy popular es el Wat Maha That.  Sobre este templo leí en una de las cartillas informativas que se construyó por primera vez en 1374, colapsó y lo reconstruyeron en 1633.

Los colores llamativos de los carros en fucsia, verde y azules reflejan el sentido carismático tailandés.  Los tailandeses visten con colores muy vivos, aunque para la época de mi viaje solo se veía negro.  Dada la muerte del rey en octubre de 2016, todos los ciudadanos tailandeses están en el compromiso moral y jurídico de guardarle luto al rey.  En el hotel que me hospedé me solicitaron ser solidaria con los tailandeses y vestir colores de luto.  Más aún, en cada esquina o lugar había al menos un altar con la foto del rey y muchas flores; incluso de los tuk tuk colgaban afiches de lamentación por la muerte del rey.  Como consecuencia del duelo, la noche de año nuevo no fue nada parecida a lo que generalmente es en Bangkok.  No hubo fuegos artificiales ni iluminaciones de diciembre, tampoco personas en las calles recibiendo el año nuevo.

Las flores en Tailandia fueron otra sensación para mí, especialmente las orquídeas.   Desde hace tres años, en mi tiempo libre, me dedico a cuidar una colección de casi docena y media de orquídeas que florecen cada año y duermen la mitad del tiempo.  Mientras para nosotros en este lado del mundo las orquídeas son plantas exóticas, en Tailandia crecen de manera silvestre.  Otras flores también cautivaron mi atención por el lucimiento de sus colores y formas.

A diez minutos en carro cerca de Ayutthaya, encontré una de mis partes favoritas de todo el viaje. Un pueblo de elefantes donde se puede jugar, alimentar y montar elefantes.  Yo no monto ningún animal, y cuando digo ninguno, es ninguno.  Siempre cuento la misma historia, y mi blog no será la excepción.  Mi amor por los elefantes nació leyendo sobre su comportamiento. Para sobrevivir, los elefantes necesitan ser felices; cuando un elefante de la manada se lastima o se enferma, el resto se sientan cerca a esperar que se recupere.  Las elefantas más viejas lideran el camino, por eso nunca olvidan el regreso a su lugar de asentamiento principal.

A 95 kilómetros de Bangkok hacia el oeste está uno de los mercados flotantes más conocidos de Tailandia, Damnoen Saduak. Fue una experiencia muy divertida. Es la representación de un san andresito en Venecia, donde se encuentran especias, manteles, chales, comida, palitos chinos y ropa, entre muchos otros artículos.  Los precios: economiquísimos.

Mi próxima publicación será sobre la continuación de mi viaje a Tailandia, pero hablaré de las actividades en Pattaya.

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