Del serrucho a la mermelada

Del serrucho a la mermelada

27 de Enero del 2017

Mordida, serrucho, CVY (como voy yo), tumbe y coimas hasta la tan nombrada mermelada, término que se hizo famoso, luego de que el senador Uribe lo usara para referirse al aparente tráfico de influencias con el que, según el hoy senador, en el actual gobierno, se ha beneficiado a particulares, pero estos son solo algunos de los términos utilizados para referirse a la corrupción rampante, que ya se nos ha vuelto parte del paisaje, pese a los cada vez más frecuentes escándalos, que nos indignan y nos muestran el poco respeto que algunos funcionarios tienen por los recursos públicos.

Sin embargo, claramente el problema no es el nombre, ni medir en qué gobierno ha habido más hallazgos fiscales e investigaciones penales por casos de corrupción, porque seguramente ningún gobierno saldría bien librado, desde cuando el expresidente Julio César Turbay dijo en alguna ocasión la cínica frase de “reducir la corrupción a sus justas proporciones”, la clase política ha dado sus propias interpretaciones a dicha frase, porque claramente no existen “justas proporciones” para la corrupción, solo hay debería haber una y es la apropiación ilegal de recursos que son públicos, para su propio bienestar, la cual, no solo es punible sino que debe ser rechazada por la sociedad en general, sin embargo, en la práctica, nos encontramos que las proporciones de las que hablaba nuestro recordado ex presidente se vuelven visibles en la aplicación de la ley y del código penal, las cuales, claramente no se aplican en iguales proporciones, dependiendo del causante de dicho detrimento.

Un ejemplo claro son algunos de los más sonados casos de cohecho, en los que la justicia colombiana juzgó a solo una parte, cuando sabemos que claramente existen dos partes, el que da y el que recibe, por lo que resulta impensable cuando la justicia castiga severamente al que da u ofrece y se exime al que recibe, siempre en relación con lo reconocido, el apellido que tiene, la filiación política o con la posición social que dicha persona tenga.

En la Revista PORTAFOLIO en su edición de agosto del año anterior, ya señalaban la preocupante cifra que ya había presentado el Observatorio de la Secretaría de la Transparencia de la Presidencia de la República, en la que se afirma que solo uno de cada cuatro personas señaladas de corrupción paga cárcel, lo cual no se compadece con las astronómicas cifras que se pierden anualmente, por cuenta de los corruptos, sin que la justicia muestre acciones ejemplarizantes que lleven a que se considere mejor, la intención de apropiarse ilegalmente de aquellos recursos, que son sagrados, tal y como lo repite incesantemente el ex candidato presidencial Antanas Mockus.

En conclusión, no es como lo denominemos ni los eufemismos que utilicemos, sino lo que debemos cambiar en nuestro país, para que los corruptos no sigan reinando, se hace necesario romper con aquella característica que se ha vuelto nuestro peor pecado; la malicia indígena, aquella que nos ha hecho creer que este país es de los más vivos y que siempre es mejor  tumbar que ser tumbado, de pronto así, las próximas elecciones no se basaran en aquel que nos venda la mejor estrategia de marketing, sino aquel que en su vida pública haya mostrado ser merecedor de conducir nuestro futuro, con rectitud, ética y responsabilidad política.

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