Un paisa en la corte de Kim Il Sung

Foto: @DukaKofi

Un paisa en la corte de Kim Il Sung

14 de septiembre del 2017

A mediados de los años cincuenta del pasado siglo, Gilberto Zapata Isaza, un combativo periodista de izquierda de Medellín, nunca imaginó que un día saltaría de su radioperiódico en Ecos de la Montaña a la corte del Kim Il Sung en Corea del Norte, al otro lado del mundo.

Entre tanto, el Presidente Eterno y padre fundador de la república norcoreana, tenía una iniciativa cuyas consecuencias, muchos años después, pondrían a aquella región del planeta en la mira de un posible conflicto nuclear.

El Gran Líder, como era obligación llamar a Kim en su país, envió a dos jóvenes brillantes y ambiciosos, Ri Hong Sop y Hong Sung Mu, a estudiar ingeniería nuclear con documentación falsa en universidades occidentales.

El país de Kim Il Sung era un producto de la Guerra Fría. Nació del conflicto que en 1945, terminó con la partición en dos de la península coreana creando dos naciones soberanas: la República Popular Democrática de Corea, capital Pyongyang, conocida como Corea del Norte; y la República de Corea, capital Seúl, también llamada Corea del Sur.

Aquel conflicto, que duró tres años y en el que se calcula que murieron unos dos millones de personas, enfrentó en el campo de batalla a la Unión Soviética con el apoyo de China, por una parte, y Estados Unidos y sus aliados por otro lado. Tropas de quince países, entre ellos Colombia, lucharon al lado de fuerzas norteamericanas contra la coalición comunista.

Por esta razón Corea del Sur quiso hacer un regalo de agradecimiento a los colombianos, regalo que no llegó a Bogotá hasta mediados de 1973. El país había quedado tan pobre y devastado que sus muestras de generosidad y gratitud tuvieron un aplazamieto de varios lustros.

En todo caso, el 19 de mayo de aquel año, se inauguró en Bogotá, en la rotonda de la calle 100 con la carrera 15, un monumento donado por el gobierno de Seúl en memoria de los soldados colombianos muertos en ese conflicto.

Se trataba de un obelisco, en forma de pagoda de varios niveles, que se convirtió inmediatamente en motivo de controversia y, ante los rumores de que podría ser dinamitado por “órdenes emanadas de Moscú”, según decía una crónica de el periódico El Tiempo del miércoles 23 de mayo, la autoridades decidieron poner vigilancia especial para evitar cualquier sabotaje.

Entre los detractores de aquel polémico regalo destacaron los periodistas Alberto Zalamea y Gilberto Zapata Isaza, ambos, además, miembros de la Cámara de Representantes. Zalamea y Zapata desataron la furia de los reservistas colombianos de la guerra de Corea a quienes llamaron “perros mercenarios”. Y Gilberto instó al Congreso de la república a pedir perdón a Corea del Norte por la participación en la guerra, gesto que tuvo un curioso desenlace.

Días después de aquella trifulca dialéctica, una misión integrada por seis enviados del gobierno de Pyongyang se presentó en Bogotá para agradecer a Zapata la iniciativa, e invitarlo a visitar la República Popular Democrática de Corea.

A partir de aquel momento el aguerrido periodista y político paisa se convirtió en un privilegiado huésped de Kim Il Sun, abuelo del Brillante Camarada, como llaman en el hermético país asiático a Kim Jong Un, el caprichoso líder norcoreano que tiene hoy al mundo en vilo con sus ensayos nucleares.

Gilberto Zapata era recibido en Pyongyang por el Gran Líder y Presidente Eterno como una destacada personalidad internacional, y en virtud de semejante atribución, Zapata escribió una biografía de Kim Il Sung que se convirtió en texto obligatorio para todos aquellos norcoreanos que desearan aprender español.

Durante una de sus múltiples visitas al país –en aquella ocasión acompañado por su esposa, doña Carla Sierra–. Gilberto Zapata fue invitado a visitar una escuela de enseñanza primaria. Cuando el matrimonio Zapata Sierra traspasó el umbral de entrada del establecimiento, Gilberto y doña Carla se encontraron con la sorpresa de que un coro de niños, que no tenían ni idea de español y seguramente ni dónde estaba Colombia, comenzó a cantar en su honor, en perfecto castellano, Los Guaduales, la guabina de Jorge Villamil que popularizaron Garzón y Collazos.

Conocí a Gilberto Zapata en Madrid, durante alguna escala de vuelta de Pyongyang y en esa ocasión me obsequió un pequeño diccionario español-coreano que ilustra bien a las claras el culto a la personalidad que se profesa a la saga familiar que ha gobernado Corea del Norte desde su fundación: muchos de los términos de este curioso librito, además de la preceptiva definición como hacen todos los textos de este tipo en cualquier idioma, se ocupan de hacer una referencia al Querido Líder, aunque la cosa no venga a cuento para nada.

Diccionario español-coreano

Foto: Kienyke/@juan_restrepo_

Gilberto Zapata, muerto en Medellín hace unos años, se llevó a la tumba muchas anécdotas y conversaciones con el fundador de Corea del Norte y su heredero, Kim Jong il –este llamado Querido Líder–, padre del actual presidente. Sus escritos nunca publicados en Colombia, guardados hoy por su segunda esposa, deben contener al menos parte de ese sabroso anecdotario.

Por la época en que este paisa –cuyas andanzas políticas no son bien conocidas en Colombia– visitaba con asiduidad la República Popular Democrática de Corea, la bomba de hidrógeno no era más que un sueño para Kim Il Sung. Sus dos célebres estudiantes de ingeniería nuclear habían recibido instrucción suficiente, y habían hecho contacto con Abdul Qadir Khan, padre del programa nuclear de Pakistán y, como todos los nombrados hasta ahora, personaje digno de película.

Abdul Qadir Khan, formado en Holanda, robó tecnología nuclear de ese país y se sospecha que es uno de los principales responsables de la proliferación de proyectos nucleares en naciones del Tercer Mundo. Comoquiera que sea, la colaboración de los científicos norcoreanos con este paquistaní supuso un vuelco en el programa nuclear de Corea del Norte, que había avanzado paso a paso en este campo y con las limitaciones propias de un país en la ruina.

Hasta que el 3 de septiembre pasado, los sismógrafos de todo el mundo detectaron un temblor que solo podía deberse a una explosión nuclear de gran potencia, una bomba de hidrógeno de 20 megatones. Aquellos dos estudiantes de mediados del siglo pasado, que salieron del país camuflados, aparecieron días después de la explosión en una foto junto a Kim Jong Un.

Se les ve junto a la bomba atómica recién diseñada, el hombre de gafas a la izquierda del Brillante Camarada es Ri Hong Sop que señala algo al presidente. Al otro lado, libreta en mano, su viejo compañero de estudios, Hong Sung Mu, contempla pensativo el fruto de toda una vida de trabajo que hoy tiene al mundo en vilo.

Todos visten para la ocasión el traje estilo Mao. Dicen que Kim Jong, usó un vestido de su abuelo, como homenaje al antepasado que soñó la bomba de hidrógeno. De ser cierto, estaríamos hablando del mismo traje con el que el Gran Líder recibía a su amigo Gilberto Zapata en el Palacio del Sol de Kumsusan, antigua residencia presidencial, hoy convertida en el mausoleo que guarda la momia de Kim Il Sung.

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