La “America first” trumpiana encerrrada en sus delirios

La “America first” trumpiana encerrrada en sus delirios

5 de Febrero del 2017

Siembra vientos y recogerás tempestades“, rara vez falla. Mister Trump no ha cesado de hacer tal siembra desde hace años, con particular fervor durante su agresiva campaña electoral (que ni ganó porque su contendor obtuvo una superioridad de más de tres millones de votos), así como durante sus incipientes semanas de gobierno, en las que comenzó a pasar al acto sus repulsivas amenazas.

Decir algo más sobre las torpezas y el autoritarismo del nuevo amo de EEUU sería incurrir en reiteraciones ya expresadas o sentidas por muchos; de modo que mejor focalizarse aquí en el análisis de algunas consecuencias de sus exabruptos en materia comercial. Que se me perdonen estas sencillas “lecciones” de economía básica que sólo evoco para insistir sobre la nocividad de su mal uso.

EEUU ha sido líder abanderado en la invención y masificación de productos de consumo; la puesta al uso diario y su fácil alcance han sido logrados gracias a su tesón industrial y comercial. Carros, electrodomésticos, utensilios de cocina, productos de aseo, medicinas, alimentos; una lista enorme. Con el paso de los años estos nichos comerciales han sido retomados por otros países que han introducido mejoras y puestos más hábilmente en nuestras manos. Por ejemplo, ya muchos países saben fabricar una nevera, una cocina o una lavadora; en Colombia también lo hemos aprendido e incluso las exportamos, de manera que ya no hay necesidad (¿necedad?) de acudir ni a EEUU ni a otros países para obtener este tipo, ni otros muchos, de productos. Sólo algunos productos tienen una originalidad tan grande que escapan a la competencia y no queda más remedio que consumir del único productor que posee su monopolio; son escasos esos productos. Ni siquiera el sofisticado mundo de la aviación o el armamentístico pueden jactarse de tal privilegio.

El cambio de tercio ocurrió hace ya buen número de años cuando se evidenció que para producir masivamente habría de hacerse a bajos costos, de manera que el cliente final y sus intermediarios obtengan precios más asequibles, mayores ventas y mejores utilidades. Es ahí donde las cosas se complicaron y los países industrializados se vieron forzados a compartir la torta y a solicitar a otros el efectuarles una producción a menores costos; los países del llamado primer mundo tienen altas cargas impositivas, tributarias, salariales, regulatorias, etc. que encarecen sobremanera sus productos, así es que no les queda más remedio que recurrir a lugares en donde estos costos de fabricación sean más lucrativos. Una necesidad de abaratamiento. Es ahí en donde entran en juego los países de Europa del Este, Asia y Latinoamérica; África, algún día.

No es entonces ninguna concesión misericordiosa el que EEUU se digne ceder la fabricación de sus productos a otros países, es un negocio que se traduce en beneficio mutuo. Trump el del mechón indómito, gran empresario según se autoproclama y se jacta sin delicadezas, parece no haberlo entendido. Obviamente puede conminar mediante “extorsión” y amenaza a las empresas gringas para que produzcan en su propio territorio, y estas atemorizadas acatarán, como ya han comenzado a doblegarse ante el gran bufón. La consecuencia es inmediata, la producción se encarecerá y sus productos perderán competitividad. El consumidor estadounidense puede verse en la obligación de comprar esos productos a mayor precio, sobre todo si al mismo tiempo se aumentan los aranceles de los mismos productos de proveniencia extranjera. Pero, y ¿la exportación de estos productos que en el mercado internacional entran en competencia por precios? No, esta ecuación no cuadra, Mister Trump. Eliminar del juego productivo a México (y por ahí al resto del mundo) hace perder dinero a las empresas gringas: menos producción, menos ventas, menos utilidad. Sin contar que aumenta la desigualdad y la pobreza, incrementando la inmigración, con o sin muro, que tanto detesta.

Ni el mercado gringo, como el de ningún país, es autosuficiente ahora para producir, distribuir y consumir solamente sus propios productos, se necesita apelar al mercado internacional, mucho más amplio, para rentabilizar y expandir las empresas, la autarcía en materia comercial es mera ilusión, se necesitan mercados espaciosos, con más vastas poblaciones de consumidores.

Compramos productos por su funcionalidad, calidad y precio, pero también en gran parte por quien los produce y vende, es decir, que se crea una cierta sinergia con el vendedor, un cierto lazo “amistoso”, pero si esto falla, falla la venta. Una America first, antipática a los ojos del mundo comprador es anticomercial y perdedora de clientes.

Las medidas proteccionistas y mal pensadas ya han comenzado a dar resultados… negativos; esta semana el índice Dow Jones de Wall Street ha sufrido reveces, ha cerrado a la baja. Primeras advertencias del mercado. La desconfianza se hace visible. Y ante el ojo y juicio del ciudadano estadounidense todo puede fallar, pero su economía por ningún motivo. Es la base sine qua non de su bienestar. El magnate, ahora Presidente, está poniendo en peligro este sacrosanto principio. Habrá consecuencias.

Frente al gigante norteamericano, injusto, arbitrario, dominante, siente uno desesperanza e impotencia; miramos nuestro aparente enanismo y rabiamos al tiempo que temblamos. Gran yerro, el mundo entero cada vez más se hace escuchar, se está alzando y emitiendo voces discordantes contra ese bravucón, y ello aún en su propio país. La unión de fuerzas de todos los continentes nos saca del pigmeismo que nos embarga y parece no dejarnos alternativa diferente a la aceptación sumisa de estas arbitrariedades.

Sin caer en la vituperación primaria del Imperio, al estilo chavomadurista que denuncia prosaicamente a los EEUU al tiempo que mantiene con ellos negocios y que sus corruptos boliburgueses se pasean por allí gastando sus mal habidos dólares; sin caer en estos simplismos, sí podemos ejercer al menos dos acciones contra el avasallamiento que nos promete Trump. La primera, de toma de consciencia y de propagación de un mensaje de condena a la política que intenta imponer el nuevo inquilino de la Casa Blanca; y la segunda, el enterarnos de la gran fuerza de las leyes del mercado libre: reflexionar antes de cada compra por sencilla que sea y negarnos sistemáticamente a adquirir un producto que alimente las arcas gringas. Es posible, los productos substitutivos existen. ¿Acaso existe sólo el iPhone como celular? Los Samsung, Nokia, LG, Huawei, etc. son tanto o mejores. ¿Acaso las hamburguesas sólo se pueden consumir en empresas gringas? Las hay mejores en nuestro país con empresas nacionales. ¿Acaso los carros europeos y asiáticos no reemplazan con creces a los gringos? ¿Acaso las farmacéuticas no son substituibles? En particular las europeas son de gran tenor. Por sólo citar algunos casos. Es decir la competencia es amplia, la gama de posibilidad inmensa.

Se puede comenzar con facilidad por evitar las franquicias alimenticias gringas en señal de protesta, y de paso en beneficio de nuestras empresas; es algo que es viable, y que envía un mensaje claro al autoritario que desea hacer una América grande al costo de nuestra aniquilación económica y en ganancia de su insensato egoísmo.

No consumamos productos estadounidenses, prefiramos ahora otras marcas. Es factible. Podemos hacerlo y convertir nuestro grano de arena en montaña inexpugnable contra la insensatez del paladín de la discriminación y vociferador de retórica barata y segregacionista. Y contra el despropósito de su aislacionismo racista que enmarca con muros físicos y con decretos imperiales.

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